• 28 febrero, 2024 2:46 am

El terrible caso d Blanche Monnier.
(Encerrada por haberse enamorado del hombre equivocado)

¿Alguna vez imaginó cómo sería estar encerrado en una habitación durante 25 años? Parece una locura, pero el caso de Blanche Monnier, una joven proveniente de una familia de la alta alcurnia francesa, es un caso de realidad que supera la ficción.

Blanche Monnier tenía 26 años cuando la encerraron en una habitación de su casa, en la ciudad francesa de Poitiers. Era una joven enamorada y lo que menos imaginaba era que en ese cuarto pasaría los siguientes 25 años. Su noviazgo no era aprobado y su castigo fue inclemente. Entre cuatro paredes, sumida en la oscuridad, se volvió loca.
En 1876, Blanche conoció a quien consideró que era el amor de su vida. Se trataba de un abogado mayor que ella, pero que se encontraba sumido en la pobreza. Blanche cayó perdidamente enamorada.
Un día ella desapareció sin dejar rastros. Sus padres, quienes la habían encerrado en un cuarto para separarla del abogado, buscaron excusas para encubrir la mentira, hasta que de a poco todos se fueron olvidando de su existencia. La joven, simplemente, había desaparecido.

Pero todo cambió cuando el 23 de mayo de 1901, 25 años después de su desaparición, el fiscal de París recibió una carta con detalles espeluznantes e incluso, increíbles. La misiva era anónima.
«Señor fiscal general, tengo el honor de informarle de un hecho de una gravedad excepcional. Se trata de una señorita que está encerrada en la casa de la señora Monnier, privada de comida, que ha vivido sobre basura podrida durante los últimos 25 años. Es decir, sus propios desechos», se podía leer en la carta.

La familia Monnier ostentaba una excelente reputación. Louise Monnier, madre de Blanche ya era viuda, tenía 75 años y gracias a sus labores en la ciudad, había recibido un premio del Comité de Buenas Acciones. Al lado de la casa de la madre vivía el hermano, Marcel, también considerado un miembro activo y valioso de la sociedad.
Si bien al principio no encontraron nada extraño, Louise presentó numerosas objeciones cuando los investigadores quisieron ingresar a una habitación ubicada en el segundo piso. Sin embargo, a fuerza de insistencias, lo lograron.

En cuanto la abrieron comenzaron a percibir un hedor que era tan fétido, que debieron dar un paso hacia atrás, mientras el olor se les impregnaba en la nariz y la garganta. La oscuridad del cuarto era como un manto negro que impedía divisar su interior.
Tanto las ventanas como las persianas estaban cerradas con cadenas y candados, y una lona a modo de cortina impedía que entrara siquiera un pequeño rayo de luz.

Tras violentos intentos, el comisionado logró abrir la ventana y pudo, finalmente, contemplar un espectáculo sacado de una pesadilla. En un rincón de la habitación, sentada sobre una cama de paja había una mujer desnuda rodeada de excremento, insectos y restos de comida. Era Blanche.
El comisionado «quedó aturdido» al contemplar un «esqueleto humano real», como llegó a describir. Se hallaba tan desnutrida que, según las crónicas de la época: «Los muslos se habían reducido al tamaño de la muñeca». Pesaba solamente 24 kilos.

Blanche no podía comunicarse. Los 25 años encerrada sin ver la luz del sol, comiendo restos de comida y sin entablar diálogo con casi nadie le habían dejado fuertes secuelas en su psiquis. Los policías intentaron hablar con ella, pero solo contestaba con gritos, mientras le intentaban poner ropa para llevarla a un hospicio de salud mental. Estaba aterrorizada ante el panorama de tantas personas en su habitación. Durante su calvario, solo había visto a su familia y a algunos sirvientes.
El pelo de Blanche no había sido cortado durante todo su encierro y, debido a la suciedad, se encontraba apelmazado. Las uñas tampoco habían sido cortadas y sus manos parecían garras. Los testigos detallaron que la mujer vivía en un «infierno» lleno de sobras de ostras, de huesos de aves de corral y de carne.
Su cuerpo estaba cubierto de una costra formada por suciedad y había «bichos» por todos lados. El abandono era tal, que tenía gusanos que medían más de cuatro centímetros de largo, piojos y cucarachas caminando en el cuerpo. La humedad del cuarto era tanta que había hongos crecidos en su interior.

Inmediatamente las autoridades dispusieron la detención de los familiares Louise y Marcel. Descubierto su crimen y ante los insistentes interrogatorios, la salud de la madre se deterioró y el 9 de junio a las 9.30 falleció, luego de haber sufrido un ataque al corazón. Antes de morir, Louise había asegurado que amaba tanto a Blanche «hasta el punto de sacrificarse por ella» y echó la culpa del estado de su hija a «la negligencia de los sirvientes».
A Marcel se lo acusó de ser cómplice del secuestro de su hermana, aunque él mismo se defendió diciendo que ya de joven su hermana presentaba «signos de alteración cerebral», razón por la cual le habían puesto una tutora. Tras la muerte de esta, él había insistido en llevar a su hermana a un hospicio, pero su madre lo había impedido. «No se me puede culpar por delito de confinamiento forzoso. Además, no hubo delito de secuestro, ya que mucha gente tuvo acceso a la habitación de Blanche», llegó a afirmar.

Sin embargo, se cree que la joven había querido escapar, porque uno de los paneles de su puerta llevaba rastros de haber sido reparado recientemente. A su vez, en las paredes de la habitación se podían leer diversas inscripciones, como: «¡Libertad! ¡Libertad!». Otra de los escritos decía: «Hay un favorito en la casa y no soy yo. Es muy lamentable verse obligado a vivir y morir en una mazmorra».
También encontraron dibujado en lápiz y en tinta sobre la pared corazones traspasados con flechas y cruces, emblemas del sufrimiento. «¿Veré alguna vez la libertad? ¿Seguiré en una mazmorra?», eran algunas de las preguntas que se hacía Blanche antes de perder la cordura completamente.